PARAPSICOLOGÍA 

DE LOS MILAGROS

 

Laureano J. Benítez  Grande-Caballero

 

ED.VISION LIBROS, MADRID, 2011

 

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Capítulo IX

Olores de santidad

(prodigios “post-mortem”)

 

(cuerpo incorrupto de santa Bernadette Soubirous, vidente de Lourdes) 

 

1.- La preservación de los cuerpos

De entre los fenómenos paranormales que venimos estudiando en esta obra, aparte de los milagros eucarísticos, no hay ninguno que pueda calificarse de específicamente cristiano, ya que son comunes a otras tradiciones espirituales. Todos pertenecen al ámbito de la mística, independientemente de la religión a la que ésta pertenezca.

Solamente hay un milagro que se da exclusivamente en el ámbito cristiano, que no aparece documentado históricamente antes de la Iglesia, y que no se da fuera de ella: el fenómeno de la incorruptibilidad de algunos cadáveres. Si a esto le añadimos que, por su misma naturaleza, este fenómeno es comprobable experimentalmente por la medicina y la ciencia, no nos resultará extraño la desmedida atención que ha tenido siempre, sirviendo de acicate para la devoción popular y de asombro para tantas generaciones de científicos que no han sido capaces de explicar un hecho que desafía y contradice las más elementales leyes de la naturaleza.

Por otra parte, aunque la incorruptibilidad ya sea de por sí un prodigio espectacular, suele ir asociada de más hechos prodigiosos, que colman por completo nuestra capacidad de asombro: sanaciones, olores de santidad, exudación de bálsamos...

La preservación de los cuerpos tras la muerte puede realizarse por tres medios distintos: en primer lugar tenemos la preservación deliberada, que consiste en momificar el cuerpo usando diversas técnicas, como hacían los egipcios y otros pueblos de la antigüedad. En tiempos más recientes, han aparecido sustancias químicas ¾ especialmente el formaldehido¾ y técnicas científicas sofisticadas ¾la criogénesis¾ capaces de operar una preservación relativamente sencilla.

 En segundo lugar, un cuerpo puede preservarse accidentalmente, según un proceso de momificación que podemos llamar “natural”. Está comprobado científicamente que hay diversas condiciones naturales que favorecen la conservación de los cuerpos: la radiactividad de determinados terrenos, algunos tipos de suelos con una composición especial, la arena caliente y muy seca, los climas muy fríos donde el hielo puede congelar los cadáveres...

La incorruptibilidad es la tercera forma, y tiene características particulares que la distinguen claramente de las dos modalidades anteriores. En primer lugar, no obedece a ninguna ley, porque no depende ni de la técnica ni del lugar del entierro, y porque los cuerpos incorruptos no se ven afectados por ninguna de las condiciones naturales de la putrefacción.

Por ejemplo, no les afecta en absoluto la humedad de las tumbas, potenciadora siempre de la corrupción. Es frecuente hallar cadáveres intactos mientras que su ataúd de madera está prácticamente descompuesto por la humedad, al igual que sus ropas.

Tres ejemplos

Santa Magdalena Sofía Barat permaneció perfectamente preservada por veintiocho años aunque fue encontrada con vestidos húmedos y enmohecidos dentro de un ataúd que estaba en estado de desintegración avanzada.

* * *

Nueve meses después de su muerte, se halló que Santa Teresa de Ávila se encontraba en un ataúd del que se había soltado la tapa, permitiendo que tierra húmeda cubriera su cuerpo. Aunque sus restos estaban vestidos con fragmentos sucios y podridos de tela, su cuerpo no sólo estaba fresco y perfectamente intacto después de la limpieza, sino que además estaba misteriosamente fragante.

* * *

Santa Catalina de Génova murió el 14 de septiembre de 1507, día de la Exaltación de la Cruz. Su cuerpo fue enterrado en el hospital donde sirvió por más de cuarenta años. Cuando años más tarde se abrió su tumba, sus vestidos presentaban signos de descomposición así como el ataúd, pero su cuerpo estaba intacto, igual que el día en que había sido enterrado.

  * * *

Por otra parte es frecuente que, antes de su entierro, los cuerpos de aquellos que la devoción popular consideraba santos estuvieran expuestos durante muchos días¾ hubo velatorios que duraron más de 20 días¾, a la vista de los fieles, sin que después de un tiempo tan largo mostraran signos de descomposición. El cuerpo de San Bernardino de Siena fue expuesto por veintiséis días, y el de Santa Ángela Merici por treinta días. Santa Teresa Margarita del Sagrado Corazón fue también expuesta durante cincuenta  días, sólo para nombrar algunos casos.

En ocasiones se dio el caso curioso de que, para evitar los malos olores y las visiones desagradables que se suponía iban a estorbar la piedad de los fieles durante el largo período de exposición del cadáver, se les rociaba con cal viva para acelerar su descomposición, para comprobar con asombro que el cadáver seguía intacto. Los cuerpos de San Francisco Javier, San Juan de la Cruz y San Pascual Baylón, entre otros, fueron protagonistas de este prodigio.

Tampoco afectaba a estos cuerpos incorruptos con fama de santidad los frecuentes traslados a que les sometía la devoción popular, la cual con frecuencia ejercía sobre ellos verdaderos “malos tratos” guiada por la piedad y la búsqueda de reliquias.

 

La segunda particularidad de la incorruptibilidad ¾ y la más importante¾ es que, a pesar de que la mayoría de estos cuerpos no fueron sometidos a ningún tratamiento específico después de su muerte, se encuentran casi iguales a cuando estaban vivos. Mientras que las momias se nos presentan decoloradas, extremadamente secas, esqueléticas y rígidas ¾“amojamadas”, para decirlo en la terminología popular¾, teniendo un aspecto desagradable y distorsionado, los cuerpos incorruptos aparecen flexibles y elásticos, con las carnes sonrosadas y suaves en muchas ocasiones, con un aspecto que más parecen estar dormidos que muertos. El caso más espectacular en este sentido es el de Santa Bernardita de Soubirous, la vidente de la aparición de Lourdes, que parece dormir en su féretro acristalado.

 

   

El Santo Cura de Ars

 

El Santo Cura de Ars, fue ordenado sacerdote en 1815. Tres años después fue nombrado párroco de un pequeño pueblo llamado Ars, desde donde su reputación como confesor y director espiritual se extendió por el mundo entero. Llevó una vida de profunda mortificación y entrega a la voluntad de Dios. Las multitudes lo amaron como la imagen viva del sacerdote que busca en forma permanente el corazón de Jesús. Atendía el confesionario por dieciséis horas al día, estimándose que confesaba a veinte mil personas al año. Imposible no establecer un paralelo entre el Santo Cura de Ars y San Pío de Pietrelcina.  

Murió el 4 de agosto de 1859, y fue canonizado el 31 de mayo de 1925. Su cuerpo permanece incorrupto en la actualidad, y puede ser visto en una urna de cristal en un altar de mármol, en Ars, Francia.  

 

Dentro del fenómeno de la incorruptibilidad se observan diferentes grados. Algunos cuerpos sólo se conservan incorruptos durante un tiempo, mientras que otros se van desecando lentamente, sin llegar a corromperse. Es frecuente que, en estos casos, se recurra a la solución de aplicar a todo el cuerpo o solamente al rostro un baño de cera, para evitar la decoloración de los tejidos. Es el caso, por ejemplo, de santa Catalina Labouré y san Vicente de Paúl.  Otros se conservan con escaso tratamiento de este tipo, como el de santa Catalina de Bolonia, santa Margarita Redi, el beato Sebastián de Aparicio, y otros muchos.

Más de la mitad de los 100 santos que siguen incorruptos reposan en relicarios en Italia. En los últimos 15 años, se está procediendo al análisis de algunos de estos cuerpos incorruptos, con la aquiescencia del Vaticano, aplicando las modernas técnicas de investigación. Como resultado de estas investigaciones, se ha demostrado que, en algunos casos, los fieles habían sometido a algunos cuerpos a algún tipo de práctica de embalsamamiento

Tal es el caso de una santa de Toscana del siglo XIII, llamada Margaret de Cortona. Según los hagiógrafos, Margaret, después de su muerte en 1297, seguía resistiendo a la descomposición. Su cuerpo reposaba en una magnifica tumba gótica en la Catedral de Cortona. Allí, un médico llamado Fulcheri dirigió los trabajos de un grupo de investigadores, que demostraron que Margaret había sido momificada artificialmente.

Investigando posteriormente en documentos eclesiásticos e históricos, Fulcheri hizo un gran descubrimiento: los fieles de Cortona pidieron a la Iglesia autorización para embalsamar el cuerpo. Esta  petición no fue secreta, pero a través de los siglos este hecho se olvidó, así que con el tiempo se llegó a creer, dado el estado del cuerpo, que se preservó por obra de Dios.

Pero había más: además de los cortes que presentaba su cuerpo, se detectó la presencia de ungüentos y especias en el cadáver, lo cual hizo recordar a los investigadores las técnicas embalsamadoras del antiguo Egipto.

Estas coincidencias no eran casuales, ya que consta que los judíos asimilaron algunas de estas técnicas durante su larga estancia en la tierra de los faraones. Esta práctica persistió en Palestina por más de un milenio. El mismo Jesús fue sometido a un rudimentario embalsamamiento, y de ahí surgió entre los primeros cristianos, según Fulcheri, la creencia de que “Si Cristo, Cabeza de la Iglesia fue aceitado y embalsamado personas importantes y santas debieron de ser aceitadas y embalsamadas también. Guiados por esta idea, los primeros cristianos empezaron a hacer esto con los cuerpos, utilizando preservativos naturales y envolviéndolos en lino, actos simples que ayudaron a la momificación de muchos santos. Cuando los primeros misioneros viajaron a Roma se llevaron las costumbres con ellos y pronto esas tradiciones se establecieron en Europa.

Posteriores investigaciones de Fulcheri sacaron a la luz otros 5 cuerpos embalsamados de la misma manera: santa Clara de Montefalco, Margaret de Metola, santa Catarina de Siena, santa Bernardina de Siena y santa Rita de Cascia. Todas de Umbría y Toscana, vivieron entre 1297 y 1447, y sus seguidores determinaron preservar sus cuerpos.

Sin embargo, ésta parece una práctica circunscrita a una zona geográfica y a un tiempo determinado. Además, estas rudimentarias técnicas pudieron ayudar algo a la preservación de los cuerpos, pero no pueden justificar por sí sola una incorruptibilidad tan extraordinaria como se observa en muchos cuerpos, los cuales, como ya hemos explicado, distan mucho de ser simples momias, rígidas y “amojamadas”.

Por otra parte, en los ejemplos más recientes de santos incorruptos hay una ausencia comprobada de técnicas momificadoras. La única excepción es el caso de Juan XXIII, al cual se le realizó cierto tratamiento de embalsamamiento para que soportara el velorio y las ceremonias, y hay testimonios del médico-científico que lo realizó. Sin embargo es extraordinario que se preserve tantos años.

Como si fuera ayer

    

El 27 de marzo de 2001 se procedió a abrir el ataúd de Juan XXIII, fallecido 38 años antes, con el fin de trasladar sus restos a un lugar del Vaticano donde los peregrinos pudieran tener un mejor acceso a ellos.

Los que procedieron a efectuar esa operación, entre ellos el Cardenal Virgilio Noe, Párroco Mayor de la Basílica de San Pedro, atestiguaron con asombro que el Papa Bueno estaba intacto, que ninguna parte de su cuerpo estaba descompuesta. «Es como si hubiera muerto ayer», manifestó el purpurado.

Su rostro aparecía tranquilo, con la misma expresión de serenidad que tuvo en vida.

A partir del 3 de junio de 2001 el cuerpo incorrupto del Papa Bueno se expone en una urna de cristal en el Vaticano, como testimonio vivo de Dios actuando entre nosotros. Multitudes se presentan a admirar al Papa amado, sonriente como si hubiera muerto ayer.

 

2.- Prodigios post-mortem

Junto a todo esto, el misterio de la preservación por incorruptibilidad va asociado ¾como dijimos¾ a fenómenos igualmente prodigiosos, que no se dan en modo alguno en los cuerpos momificados. Uno de ellos es el de la preservación de la sangre. Cuarenta y tres años después del fallecimiento de San Germán de Pibrac, mientras unos trabajadores preparaban la tumba para otro ocupante, una herramienta que estaban utilizando se resbaló y dañó la nariz del santo, haciéndola sangrar.

Cuarenta años después de la muerte de San Nicolás de Tolentino, un hermano lego separó secretamente los brazos de la reliquia. Fue encontrado y seriamente reprendido cuando un copioso flujo de sangre señaló el acto sacrílego. Durante el examen médico del cuerpo de San Francisco Javier un año y medio después de su muerte, uno de los médicos insertó su dedo en una herida del cuerpo y lo retiró con sangre, la cual, como declaró, estaba “fresca e impoluta”.

Pero el milagro más renombrado de esta clase es, sin duda, el de la sangre de san Genaro

El milagro de San Genaro  

Genaro, siendo obispo en el año 305, durante la persecución de Diocleciano y Maximiano visita en la cárcel a un joven diácono, por lo cual es apresado también. En un primer momento se le intenta convencer, pero viendo que no podían le ponen en un horno, de donde salió sin hacerse daño ni él ni sus ropas.

Al día siguiente, junto con el diácono y otros cristianos fue echado a las fieras, las cuales se pusieron a sus pies como mansas ovejas; después fue llevado con otros cristianos a la plaza Vulcana para ser decapitados.

Hasta nuestros días la cabeza del santo y una ampolla de vidrio con su sangre se conservan en la catedral de Nápoles (Italia). La sangre se encuentra cuajada, pero si se la pone enfrente o junto a la cabeza comienza a licuarse, adquiriendo una temperatura igual a la que tendría si acabara de derramarse.

Este milagro ocurre todos los años, por lo que numerosas personas acuden a verlo. Los años que se demoró esta licuación fueron años de calamidades (guerras, pestes),por lo que este hecho es esperado ansiosamente por toda clase de gente.

La misma licuefacción ocurre en el caso de otras reliquias, casi todas conservadas en las cercanías de Nápoles o de origen napolitano. Entre estas reliquias se incluyen la sangre de San Juan Bautista, San Esteban el Protomártir, San Pantaleón, Santa Patricia, San Nicolás de Tolentino y San Luis Gonzaga, entre otros. Además, ha sido comprobado por testigos oculares de crédito científico y alta respetabilidad que un bloque de basalto en Pozzuoli, que tiene fama de llevar restos de sangre de San Genaro, se torna vívidamente rojo por un corto tiempo en mayo y septiembre, a la misma hora en que el milagro de la licuefacción tiene lugar en Nápoles.

Pax tecum Filumena    

Por el entusiasmo que causaba en los primeros cristianos la valentía de los que morían por la fe, acostumbraban a marcar la losa con el signo de la palma, y ponían al lado un pequeño frasco que contenía la sangre del mártir.

Filomena, una joven mártir de la Iglesia primitiva, durmió en el olvido de la historia hasta el hallazgo de sus restos mortales el 24 de mayo de 1802.  Ocurrió en el día de María Auxiliadora, durante una de las excavaciones que se hacen constantemente en Roma. La encontraron en la Catacumba de Santa Priscilla, en la Vía Salaria.

En una tumba habían tres losas juntas que cerraban la entrada, y en ellas había una inscripción que estaba rodeada de símbolos que aludían al martirio y a la virginidad de la persona ahí enterrada. La inscripción decía: LUMENA PAXTE CUM FI

Se entiende que estas losas pueden haber sido puestas en un orden incorrecto, debido a la prisa o al poco conocimiento del latín del obrero. Por lo tanto, la inscripción correctamente puesta se leería: PAX TECUM FILUMENA. En español: ¡Paz sea contigo Filomena!

Al abrir la tumba descubrieron su esqueleto, que era de huesos pequeños, y notaron a la vez que su cuerpo había sido traspasado por flechas. Al examinar los restos los cirujanos atestiguaron la clase de heridas que la joven mártir recibió, y los expertos coincidieron en calcular que la niña fue martirizada entre la edad de 12 ó13 años.

Cuando los científicos estaban transfiriendo la sangre seca a un nuevo frasco transparente, ante todos los que estaban presentes, se sucedió un hecho extraordinario: para su asombro vieron que las pequeñas partículas de la sangre seca, cuando caían en el nuevo frasco, brillaban como oro, diamantes y piedras preciosas, y resplandecían en todos los colores del arco iris. (Hasta el presente, se puede observar en ocasiones que estas partículas cambian de color)

Los huesos, cráneo y cenizas, junto con el frasco que contenía la sangre, fueron depositados en un ataúd, el cual fue cerrado y triplemente sellado. Bajo guardia de honor el ataúd de ébano fue llevado a la custodia del Cardenal Vicario de Roma, a una capilla donde se guardan los cuerpos de santos.

La Congregación de Indulgencias y Reliquias declaró la autenticidad de las reliquias de la mártir.

 Otro hecho extraordinario es la emanación de suaves aceites aromáticos. Estos aceites reciben en nombre genérico de “Maná de óleo de Santos”, que es una sustancia oleosa, de la que se ha dicho que ha fluido, o aún fluye, de las reliquias o de las sepulturas de algunos santos. Especialmente notable es el caso de san Charbel Makhlouf.

Un bálsamo maravilloso  

Uno de los casos más espectaculares de incorruptibilidad es el del monje libanés Charbel Makhlouf, al que en vida se atribuía el poder de detener plagas y epidemias. Tras su muerte, en 1898, el cuerpo fue enterrado sin ataúd, como estaba recomendado en la regla de su orden religiosa.

Durante la exhumación llevada a cabo cuatro meses después de su muerte, tiempo suficiente como para permitir al menos una destrucción parcial, su cuerpo fue encontrado flotando en barro dentro de una tumba inundada, preservado perfectamente como cuando estaba vivo. Emitía un bálsamo perfumado que ha sido reconocido como verdaderamente prodigioso, y esta exudación está complementada con la transpiración de agua y sangre.

Años más tarde, cuando se procedió a su exhumación, el cuerpo volvió a encontrarse intacto y hasta flexible. Después se le enterró en un nicho y, 23 años después, un religioso descubrió que el muro rezumaba una serosidad sanguinolenta. Desenterrado de nuevo, se comprobó que el cadáver continuaba intacto. Un informe médico de 1952 dice: «La delegación médica y científica no puede dejar de constatar la evidencia de los hechos, su carácter excepcional y la ausencia de toda intervención humana».

Ante sus restos, la esposa de uno de los médicos resultó curada de un cáncer y otra persona de una epilepsia.

El fenómeno más asociado a la incorruptibilidad es la emisión del famoso “olor de santidad”, percibido y atestiguado en muchas ocasiones,  catalogado dentro de la parapsicología bajo en nombre de “osmogénesis”. Aunque esta peculiar fragancia ¾ parecida a la que emiten las violetas, pero que realmente no tiene parangón con ningún perfume terreno¾ suelen emitirla los santos ya en vida, es después de su muerte cuando adquiere su carácter más asombroso.

Un aroma particular    

Hay innumerables testimonios que atestiguan que el Padre Pío desprendía ya en vida el “olor de santidad”. Según estos testigos, el aroma que desprendía era una mezcla de perfumes de violetas, lirios, rosas, incienso y tabaco fresco. Era tan característico su aroma, que ni la distancia ni el espacio eran factores que impedían percibirlo, pues era muy frecuente que el perfume se bilocara: abundan los casos en que una habitación ¾que podía estar en Bolonia, Florencia, Londres y Montevideo¾ se llenaba de esos efluvios cuando se hablaba de él, siendo la prueba de que el capuchino se había bilocado.

Otro doctor ¾el Dr. Romanelli¾, cuenta así su experiencia:

“En junio de 1919, cuando mi primera visita al Padre Pío, un perfume tan violento me llenó las fosas nasales, que no puede menos de decir al Padre Valenzano, que me acompañaba, que consideraba indecente que un fraile se perfumara. Sin embargo, no percibí nada más ni a su lado ni en su celda; sólo en el momento de salir volví a sentir una bocanada intensa en el descanso de la escalera.

He conferenciado con muchos sabios sobre este caso: todos están concordes en declarar que la sangre no puede despedir perfumes. Sin embargo, la que trasudan los estigmas tiene un aroma muy característico y lo conserva aunque esté coagulada o seca en alguna tela. Esto es contrario a todas las propiedades naturales de la sangre, pero, lo quieran o no, es un hecho experimentado”.

Por poner algunos ejemplos, el olor que frecuentemente se notaba alrededor del cuerpo de Santa Teresa durante su vida fue notado también durante muchas exhumaciones y traslaciones de su cuerpo, y fue sentido por las hermanas de su convento en Alba de Tormes durante la última exhumación de su cuerpo en 1914, más de trescientos treinta años después de su muerte. La misteriosa fragancia que se notó sobre el cuerpo de Santa Teresa Margarita del Sagrado Corazón, se encontró también en todos los objetos que ella había usado durante su vida. San Martín de Porres también despedía un perfume en vida. Cuando abrieron la tumba, veinticinco años después de su muerte, la misma fragancia salió de su cuerpo, y los cirujanos que le hicieron la autopsia encontraron sangre coagulada.

La santa que nunca fue enterrada

Santa Rita de Cascia recorrió el camino de la perfección; conoció el sufrimiento y en todo creció en caridad y confianza en Dios. El crucifijo era su mejor maestro. Es en almas puras como la de ella donde Dios puede hacer portentos sin que por ello caigan en el orgullo espiritual.  

Su muerte, acaecida el 22 de mayo 1457, cuando contaba 76 años, fue su triunfo. Al morir, la celda se ilumina y las campanas tañen solas por el gozo de un alma que entra al cielo. La herida del estigma de la corona de espinas que había llevado durante sus últimos dieciséis años de vida desapareció, y en su lugar apareció una mancha roja como un rubí, la cual tenía una deliciosa fragancia. Debía haber sido velada en el convento, pero por la muchedumbre tan grande que quería verla se necesitó la iglesia. Permaneció allí y la fragancia nunca desapareció.

Por eso, nunca la enterraron. El ataúd de madera que tenía originalmente fue reemplazado por uno de cristal y ha estado expuesta para veneración de los fieles desde entonces.  Multitudes todavía acuden en peregrinación a honrar a la santa y pedir su intercesión ante su cuerpo, que permanece incorrupto.

Se cuenta que en la ceremonia de beatificación, en 1627, el cuerpo de la Santa se elevó y abrió los ojos. León XIII la canonizó en 1900.

Una agradable fragancia  

San Francisco de Sales falleció el 28 de diciembre de 1622, a los 56 años de edad. Toda la ciudad de Lyon desfiló por la humilde casa donde había expirado su querido santo, cuyas ropas fueron partidas en miles de pedazos con el fin de proporcionar reliquias a todo el que lo deseara.

Cuando se le hizo la autopsia se comprobó que tenía la hiel convertida en 33 piedrecitas, señal de los heroicos esfuerzos que había hecho durante toda su vida para dominar su temperamento inclinado a la cólera y llegar a ser el santo de la dulzura.

Por la noche, la Madre Juana Chantal, la discípula preferida del santo, volvió con sus religiosas a contemplar más de cerca y con más tranquilidad y detenimiento el cadáver de su venerado fundador. Mas a causa de la prohibición de las autoridades no se atrevió a tocarle ni a besar sus hermosas manos pálidas.

Cuando al día siguiente los enviados de la Santa Sede le dijeron que la prohibición de tocarlo no era para ella, se arrodilló junto al ataúd, se inclinó hacia el santo, le tomó la mano y se la puso sobre la cabeza como para pedirle una bendición.  Todas las hermanas vieron cómo aquella mano parecía recobrar vida y, moviendo los dedos, oprimió suavemente y acarició la humilde cabeza inclinada de su discípula. Todavía hoy, en Annecy, las hermanas de la Visitación conservan el velo que aquel día llevaba en la cabeza la Madre Juana Francisca.

Cuando en 1632 se hizo la exhumación del cadáver, al levantar la lápida apareció el santo igual que cuando vivía. Su hermoso rostro conservaba la expresión de un apacible sueño. Le tomaron la mano y el brazo estaba elástico (llevaba 10 años enterrado). Del ataúd salía una extraordinaria y agradable fragancia.

Un fenómeno especial es la aparición de luz en los cuerpos y tumbas de algunos de estos santos. Tal vez la manifestación más impresionante ocurrió en la tumba de San Charbel Makhlouf. La luz que brilló fuertemente por cuarenta y cinco noches en su tumba fue presenciada por muchos pueblerinos, y finalmente produjo en la exhumación de su cuerpo, destapando así los fenómenos antes mencionados y que todavía hoy pueden observarse.

Muerte entre la luz  

Hacía ya varios días que San Juan de la cruz se encontraba en su lecho de muerte. El 13 de diciembre, entre las nueve y las diez de la noche, mientras la mayor parte de los religiosos, conforme al deseo del Santo, se habían retirado a descansar, Francisco García se acercó a la cabecera del lecho, arrodillándose entre éste y la pared para rezar su rosario. Entonces le vino al pensamiento que tal vez tendría la dicha de ver algo de lo que el Santo contemplaba.

Mientras los Padres recitaban los salmos, repentinamente vio un globo de luz entre el techo de la celda y los pies del lecho. Brillaba con tal resplandor que oscurecía el de los catorce o quince candiles de los religiosos y los cirios del altar. Cuando el Santo expiró, el hermano Diego le tenía en sus brazos y vio una luz que envolvía el lecho. Brillaba como el sol y la luna, y las luces del altar y los dos cirios parecían como envueltos en una nube y que no alumbraban. Sólo entonces se percató el hermano Diego de que el Santo se hallaba sin vida entre sus brazos.

«Nuestro Padre se ha ido al cielo con esta luz», dijo a los presentes, y cuando después, juntamente con otros frailes, compusieron el cadáver del Santo, se apercibieron que de él salía un suave perfume.

Las autopsias que se han practicado a algunos cuerpos incorruptos han revelado a veces extrañas alteraciones somáticas que manifiestan hechos característicos de su vida, y que vienen a demostrar la veracidad de sus testimonios. Según reveló la autopsia en el cadáver de santa Teresa de Jesús, había en su corazón la cicatriz de una herida larga y profunda, signo de su ardiente amor por Dios. El ejemplo más famoso es el de santa Gema Galgani, que, como dijimos en un capítulo anterior, había experimentado el fenómeno místico del “cambio del corazón”.

   

Gracia concedida

 

Habían pasado 14 días de la muerte de Santa Gema. El Padre Germán anhelaba volver a ver aquel rostro lleno de dulzura, pero quería sobre todo verificar los misterios de aquel corazón virginal cuyos secretos en vida nadie mejor que él había profundizado. 

Él mismo contaba así la experiencia: «El 24 de abril se procedió a exhumarlo. Se abrió el cuerpo y se extrajo el corazón, que apareció fresco, lozano, flexible, rubicundo, humedecido de sangre, igual que si estuviera vivo. Los especialistas que practicaban la autopsia quedaron maravillados. Estaba bastante achatado y dilatado por ambos lados, apareciendo más ancho que alto. Al abrirlo fluyó enseguida la sangre, bañando el mármol donde se realizaba la intervención». Aquella que en muchas ocasiones le había pedido al Señor que le ensanchara el corazón para poder amarlo más, recibió esta gracia que tanto pedía. Su corazón se conserva en el convento Pasionista de Madrid.

 

Por último, cabe mencionar los reconocidos poderes taumatúrgicos que atesoran los cuerpos incorruptos, los lugares donde éstos se encuentran, y los objetos que han tenido contacto con ellos, comúnmente llamados reliquias. La creencia popular en estos poderes milagrosos ha motivado una ininterrumpida corriente de peregrinaciones hacia las tumbas de los santos. Por ejemplo, cuando santa Zita fue exhumada, según se dice, devolvió la vista a los ciegos y la fertilidad a los estériles.

Un rey agradecido  

En 1163, a los 43 años de haber sido sepultado san Isidro (1110-1170), sacaron del sepulcro su cadáver y estaba incorrupto, como si estuviera recién muerto. Las gentes consideraron esto como un milagro.

Mucho tiempo después, el rey Felipe III se hallaba gravemente enfermo, hasta el punto de que los médicos dijeron que se moriría de aquella enfermedad. Entonces sacaron los restos de San Isidro del templo a donde los habían llevado cuando los trasladaron del cementerio. Y tan pronto como los restos salieron del templo, al Rey se le fue la fiebre. Más tarde, al llegar junto a él los restos del santo, se le fue por completo la enfermedad. A causa de esto el rey intercedió ante el Sumo Pontífice para que declarara santo al humilde labrador; y por éste y otros muchos milagros, el Papa lo canonizó en el año 1622.

Ni la ciencia ni la medicina han sido capaces hasta ahora de encontrar argumentos para justificar estas maravillosas preservaciones. Como siempre, los escépticos suelen echar mano de los argumentos más disparatados en el vano intento de explicar lo inexplicable, con tal de no reconocer la calidad sobrenatural de determinados fenómenos. Algunos hablan de la influencia de las condiciones naturales, especialmente la radiactividad, pero resulta difícil explicar por qué esa radiactividad afecta solamente al santo, y no a las tumbas adyacentes ni a los cadáveres de los que fueron enterrados en ese mismo lugar antes que él.

Otra hipótesis señala a las “dietas ascéticas” ¾incluidos los ayunos¾, pero está claro que los hambrientos del mundo no suelen terminar sus días disfrutando de la incorruptibilidad. Incluso se ha llegado a decir que los cuerpos preservados no son sino un fraude perpetrado por los devotos de los santuarios o por las órdenes religiosas. Maravilla que en tiempos antiguos se descubrieran técnicas tan sofisticadas de conservación, que siguen estando lejos de nuestro alcance en estos tiempos tan tecnológicos que vivimos, y que ningún examen de esos cuerpos halla detectado ni la más leve muestra de algún tipo de tratamiento.

Pero los prodigios que realizaron los santos después de fallecidos no se circunscriben sólo a las virtudes sanadoras de sus reliquias o de su intercesión espiritual. A veces ocurren sucesos tan memorables como el siguiente, donde no se sabe qué admirar más: si el prodigio en sí, o el humor que trasluce.

Una despedida prodigiosa  

Durante tres días, mas de cien mil personas desfilaron por la capilla ardiente del Padre Pío de Pietrelcina. Pero el Padre tenía reservada una última sorpresa a sus fieles, con la que quería despedirse de una forma personal, espectacular e, incluso, humorística.

Acabados los funerales, la multitud se dirigió mecánicamente hacia la explanada de la Iglesia, y fijó sus ojos en la ventana de la celda del fallecido, desde la cual el Padre Pío salía a saludar a los peregrinos agitando un pañuelo, cuando sus crisis de salud o las prohibiciones de sus superiores le impedían el contacto con sus fieles.

Pronto se elevó un murmullo de voces que gritaban que le estaban viendo allí, con su gesto familiar de agitar el pañuelo.

Para cortar de raíz esa fantasía, los superiores taparon la ventana con cortinas, pero... ¡Oh, prodigio!: en todas las ventanas de la fachada apareció nítidamente el Padre Pío agitando alegre su pañuelo.

3.- El poder de las reliquias

En sentido estricto, podemos considerar a los cuerpos incorruptos como verdaderas reliquias, sin duda las más perfectas y completas. El término “reliquia”procede del latín reliquiae, que significa “restos”. Son objetos asociados a un santo ¾o a una persona considerada santa, aunque aún no esté canonizada¾. Suelen dividirse en tres categorías o grados: de 1er grado, cuando el objeto es un fragmento del cuerpo; de 2º grado, cuando el fragmento pertenece a algún objeto que el santo usaba durante su vida ( ropa, rosario, crucifijo, etc.); de 3er grado, en el que se catalogan todos aquellos objetos que han tocado una reliquia de primer grado o la tumba de un santo.

Las reliquias son, pues, objetos evocadores. El poder máximo lo poseen los fragmentos orgánicos de la persona: cabellos, dientes, sangre, etc. Cuando alguien toca uno de esos objetos, puede conectar con la energía del santo al que pertenece.

Siempre han sido objetos de veneración en la devoción popular, que les atribuye poderes y facultades extraordinarias parecidas a las que el santo tuvo en vida. Desde el principio del cristianismo, los restos de los santos fueron considerados como una protección para la persona que los poseía, con una función similar a la de los talismanes. Poseer una reliquia se traducía en poseer una fuerza especial frente a lo adverso, por lo que se desató un gran afán por procurárselas al precio que fuera.

Los cuerpos de los mártires llegaron a ser lo más precioso y digno de veneración para los cristianos de los primeros tiempos. Ya desde la antigüedad se estableció la costumbre de que para consagrar un nuevo templo era preciso colocar bajo el altar reliquias de mártires o de otros Santos. Esta costumbre ha llegado hasta la actualidad.

 

La tradición popular también ha considerado las reliquias como una fuente de milagros ¾especialmente sanaciones¾, y como una ayuda para conseguir la virtud. Además, constituían recuerdos visibles de personas queridas, de igual forma que nosotros nos esforzamos por conseguir objetos que han pertenecido a nuestros familiares.

No es de extrañar, por tanto, que durante ciertas épocas ¾especialmente la medieval¾ fueran objeto de un activo comercio, pues eran codiciadas tanto por los simples fieles como por las instituciones y corporaciones eclesiásticas. Éstas rivalizaban frecuentemente por asegurarse la posesión de las reliquias más preciadas, pues eran signo de prestigio, hasta el punto de que poseer las mejores reliquias aseguraba una feligresía más numerosa.

La fiebre por poseer reliquias hizo que éstas pasaran a tener un gran importancia económica e, incluso, política. Naturalmente, este fenómeno llevó a la falsificación de muchas de ellas, que hasta entonces sólo habían sido falsificadas por la excesiva imaginación popular, fruto de una fe crédula y supersticiosa propia de los primeros tiempos del cristianismo.

Sin embargo, aunque las reliquias han dejado de ser objetos de culto, en parte por la falta de confianza en su autenticidad, la iglesia guarda muchas de ellas como un recuerdo de la fe de los cristianos de otras épocas, como restos materiales que expresan las creencias de épocas pasadas, con lo cual el inmenso catálogo de reliquias vendría a ser parte constituyente del patrimonio etnográfico de una colectividad.

Pero la sospecha de fraude no se puede aplicar por igual a todas ellas. Mientras que la mayoría de las reliquias atribuidas a santos pueden considerarse auténticas, no ocurre lo mismo en el caso de las llamadas “ reliquias mayores”, es decir, aquellas que se atribuyen a Cristo y a la Virgen, pues en estos casos confluyen un ansia mayor de la devoción popular y la práctica imposibilidad de disponer de objetos de autenticidad verificada.  

Dentro de esta categoría tenemos a las reliquias “estelares”: la Santa Síndone, el Grial, la Cruz, la corona de espinas, el velo de la Verónica, los clavos de la crucifixión, etc. El inventario de reliquias de este tipo es a la vez fascinante y divertido: trozos de la columna donde Cristo fue azotado; piedras del sepulcro; pajas del pesebre donde nació ¾y hasta un fragmento del pañal del Niño Jesús¾; sandalias de Jesús; lentejas y pan sobrantes de la Ultima Cena, incluso raspas de los peces multiplicados por Jesús; el cuchillo con el que Cristo fue circuncidado; la toalla con la que enjuagó los pies de los Apóstoles; el mantel de la Última Cena; el “verdadero” velo de la Virgen, de la cual se conservan muchos cabellos en varios sitios; leche de Santa Maria Virgen, lágrimas, etc.

 

También es digno de mencionar el expolio sistemático que la piedad popular ha llevado a cabo ¾a veces incluso cruelmente¾ con los cuerpos y las tumbas de los santos. En la segunda mitad del siglo IV empezó la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos para repartirlos. Varios teólogos apoyaron la teoría de que por pequeño que fuera el fragmento mantenía su virtud terrena y sus facultades milagrosas. Baste recordar el caso de santa Teresa de Jesús, que fue literalmente descuartizada al morir, y lo mismo le ocurrió a San Juan de la Cruz y a san Francisco Javier.

Aunque, en sentido estricto, un objeto no puede llamarse reliquia sino hasta después del fallecimiento de un santo, muchas veces el entusiasmo del pueblo con sus santos es de tal calibre que no espera al fallecimiento, sino que ya en la misma vida somete a los santos a un verdadero acoso con el fin de hacerse con algún objeto personal suyo. Podríamos llamarlas “reliquias pre-mortem”. Baste mencionar a este respecto el caso del Padre Pío de Pietrelcina, que sufrió en su vida las incomodidades de un acoso popular desmesurado:

 

—Mira lo que hacen —decía un día a su superior, mientras el P. Pío le enseñaba la cuerda cortada de su hábito, y la capa, igualmente cortada a tijera por la gente—. Pero esto es paganismo.

Y a quien trataba de explicar esas conductas como señales de devoción, le respondía:

—Sí, es cierto. Pero se me echan encima como hienas. Me aprietan las manos, me tiran de los brazos, me estrujan por todas partes para llegar a tocarme… Y yo me siento perdido y debo actuar con dureza. Soy el primero en sentirlo, pero, si no obro así, me matan.

 

Hoy en día, la veneración de reliquias parece un hecho devocional del pasado, más propio de la santurronería y la superstición que de la fe. Sin embargo, mucha gente no duda en utilizar talismanes y amuletos de tradiciones extrañas a nuestra cultura, buscando efectos mágicos, a la vez que menosprecian la tradición relicaria del cristianismo.

Sin embargo, la veneración a las reliquias auténticas está lejos de ser una superstición. Según la ciencia parapsicológica, las palabras, los objetos y los lugares poseen todos sus campos psi particulares, en los que quedan registrados todos los fenómenos de las entidades psíquicas con las que han estado en contacto.

Existe una acción recíproca entre la mente y las cosas en el acto de la percepción, ya que cuando la mente se posa sobre la materia deja una marca personal en el objeto, de la misma manera que un isótopo radiactivo marca una sustancia clínica. Esta marca invisible será tanto más intensa cuanto más hubiese sido percibido el objeto, con lo cual aquellos objetos que pertenecen a una persona son los que tienen más poder de evocarla, por estar más impregnados del aura energética de su poseedor.

Recordemos la mujer hemorroísa que acudió a Jesús y tocó su manto, diciéndose: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré».   Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal (Marcos 5,27-29). Ella no tocó el manto por el valor intrínseco del manto sino por tocar a Jesús. De la misma forma, tocamos las reliquias y las veneramos no por ellas mismas sino por el santo al que representan.

 

   

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