CUENTOS CRISTIANOS:

UNA FUENTE DE

ESPIRITUALIDAD

Laureano Benítez Grande-Caballero

Publicada por Ediciones Desclée de Brouwer, 2010

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SELECCIÓN DE CUENTOS RECOGIDOS

EN EL LIBRO

 

Una historia de fe

Había una vez un burro que no tenía más que piel y huesos. Sus amos anteriores jamás le habían tratado bien, pero ahora que le habían comprado para llevar a una joven pareja a Belén sentía que las cosas mejoraban. Sus nuevos amos le daban de comer, le abrevaban e incluso a veces le daban palmaditas. Comenzó a experimentar una sensación de paz y de alegría que venía de ese feliz matrimonio. Aunque no podía explicarlo, sentía que no eran un matrimonio corriente:

«Puede que no sea más que un burro», pensaba para sí mismo, «pero estoy seguro de que hay algo muy diferente en estos dos que hace que no sean seres humanos corrientes».

Al llegar a Belén, como no encontraron sitio en ninguna posada tuvieron que refugiarse en un viejo establo maloliente. Pero incluso allí no fueron bien recibidos. Los animales que ya vivían en el lugar se mostraron sumamente antipáticos con el jumento, burlándose de su aspecto.

El niño nació alrededor de la medianoche, y muy poco después llegó una multitud de pastores de los campos vecinos, que comenzaron a hacer reverencias al recién nacido, tratándole como si fuera un rey. Los demás animales se enfadaron mucho, diciendo que aquella familia no era más que un grupo de mendigos, que no tenían otra cosa mejor que ese estúpido jumento.

El borrico, molesto por sus comentarios, decidió sumar su voz a la de aquellos pastores, rebuznando lo mejor que supo: «¡Hosanna! ¡Bienvenido, Señor! Yo sé que tú eres esas cosas y mucho más».

«No seas estúpido», le cortó un perro, «¿cómo es posible que un bebé como ése sea el Cristo? ¡Ni siquiera tiene una ropa decorosa!»

«Porque es verdad», replicó el borrico. «Estoy seguro. Lo siento en mis huesos. Sé que este niño es nuestro salvador. Sencillamente lo sé. ¡Lo sé! ¡Lo sé!».

 

Pasó el tiempo, pero el jumento siempre recordaba aquella noche. Treinta años después, alguien vino al establo donde vivía por entonces, le desató, y se lo llevó. Después de un rato, llegaron a la entrada de Jerusalén, que estaba concurrida por una gran muchedumbre. Una vez allí, Jesús subió encima de él, mientras la multitud lo aclamaba dando vítores y agitando ramos de palmera:

«¡Hosanna! ¡Dios bendiga al rey que viene en nombre del Señor!»

Varios animales testigos de esta escena miraban con envidia al estúpido borriquillo que parecía haberse convertido en el centro de atención:

«¿Por qué nuestro salvador y rey ha escogido montar un jumento?», se preguntaron un caballo a otro. «¿No somos nosotros mucho más inteligentes, más respetables y honorables que ese ridículo animal?»

El burro seguía avanzando, feliz de llevar a su precioso viajero. A cada paso asentía con la cabeza, como mostrando su acuerdo con todo lo que gritaban. Y continuamente se repetía para sus adentros:

«¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!»

*****

 

Una cruz a la medida

 

Se cuenta que un hombre caminaba por el rumbo de la vida cargando su cruz sobre sus hombros. De repente se le apareció un señor muy imponente, vestido con un extraño traje rojo, que le dijo:

—Pero, hombre, ¿qué estás haciendo con semejante cruz encima? No tiene sentido. ¿Por qué no le cortas un poco los extremos, y así la carga se te hará más liviana?

El hombre, luego de pensarlo por un breve momento, creyó que ésa era una buena idea para evitar tanto esfuerzo. Fue así que limó los extremos de la cruz y siguió caminando.

A los pocos metros, el señor de rojo se hizo presente otra vez.

—Pero, ¿no oíste lo que te dije, amigo? No la has achicado casi nada. Córtale las puntas un poco más. Estás arrastrando una cruz demasiado pesada pudiendo sacrificarte menos para llevarla. ¡No seas tonto!

Y el hombre esta vez cortó los extremos de la cruz. Sintiéndose ahora un poco más aliviado, continuó su camino. Ya el tamaño de la cruz había disminuido notablemente y el hombre podía cargarla con más comodidad.

Al poco tiempo de avanzar, el señor de rojo volvió a cruzarse ante él y le insistió:

—Vamos... Córtale los extremos todavía más. Mientras más chica sea la cruz, menos va a costarte llevarla.

Entonces el hombre se detuvo y volvió a cortarle los extremos, hasta que pudo cargarla con una sola mano.

Siguió caminando y, a medida que avanzaba, pudo divisar una gran luz blanca al final del camino. Cuando llegó a este punto vio que Dios le estaba aguardando.

—Bienvenido, hijo mío, al umbral de la Gran Puerta del Paraíso.

—Pero, Dios... ¿Dónde está la puerta, que no la veo?

Y el Señor, con su dedo índice apuntando hacia arriba, señaló una puerta en lo alto y le dijo:

—Es aquella que está allá en las alturas. ¿La ves ahora? Bueno, para entrar sólo debes abrirla.

Evidentemente, abrir la puerta no era el inconveniente, pero sí lo era alcanzarla.

—Pero, Señor, ¿cómo hago para subir tan alto?

—Para eso tienes la cruz. Debes apoyarla sobre esta pared y así podrás escalar hasta la puerta. Esta cruz que has estado cargando durante toda tu vida tiene la medida exacta para que llegues a la Puerta del Cielo. De otra forma es imposible.

—Pero, Señor, ... Es que mi cruz ya no tiene ese tamaño. Yo le hice caso a un señor de traje rojo que durante todo mi camino estuvo acechándome, tratando de convencerme para que yo mismo me facilitara las cosas. Y me convenció, así que hice mi carga más liviana por consejo de él.

—Ay, hijo mío... Te has dejado tentar y mira ahora lo que te ha pasado. ¿Te das cuenta que al final de todo las malas influencias terminan perjudicándote?

 

 *****

La mejor cruz

Cuentan que un hombre un día le dijo a Jesús:

—Señor: ya estoy cansado de llevar la misma cruz en mi hombro, es muy pesada y muy grande para mi estatura.

Jesús amablemente le dijo:

—Si crees que es mucho para ti, entra en ese cuarto y elige la cruz que más se adapte a ti.

El hombre entró y vio una cruz pequeña, pero muy pesada, que se le encajaba en el hombro y le lastimaba, buscó otra, pero era muy grande y muy liviana y le hacía estorbo; tomó otra, pero era de un material que raspaba; buscó otra, y otra, y otra.... hasta que llegó a una que sintió que se adaptaba a él. Salió muy contento y dijo:

—Señor, he encontrado la que más se adapta a mí: muchas gracias por el cambio que me permitiste.

Jesús le mira sonriendo y le dice:

—No tienes nada que agradecer: has tomado exactamente la misma cruz que traías. Tu nombre está inscrito en ella. Mi Padre no permite más de lo que no puedas soportar, porque te ama y tiene un plan perfecto para tu vida.

  *****

La voluntad de Dios

         Una antigua leyenda noruega cuenta acerca de un hombre llamado Haakon, que cuidaba una ermita a la que acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro. Un día, el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor, guiado por un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo: «Señor, quiero padecer por Ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz». Y se quedó fijo con la mirada puesta en la efigie, como esperando la respuesta. El Señor abrió sus labios y habló... Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras:

―Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.

¿Cuál, Señor?  ―preguntó con acento suplicante Haakon―. ¿Es una condición difícil? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!

―Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar silencio siempre.

Haakon contestó: “¡Os lo prometo, Señor!” Y se efectuó el cambio. Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la cruz. El Señor ocupaba el puesto de  Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada.

Pero, un día, llegó un rico. Después de haber orado, dejó olvidada allí su cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.

Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo:

―¡Dame la bolsa que me has robado!

El joven, sorprendido, replicó:

―¡No he robado ninguna bolsa!

―¡No mientas, devuélvemela enseguida! ―insistió el rico.

―¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa! ―afirmó el muchacho.

        El rico arremetió furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte: “¡Detente!” El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, defendió al joven, e increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado, y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.

Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo:

―Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.

―Señor ―dijo Haakon―, ¿Cómo iba a permitir esa injusticia?

Se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la cruz. El Señor  siguió hablando:

―Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí sé, y por eso callo.

 Y el Señor nuevamente guardó silencio.

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Las huellas

Una noche soñé que caminaba a lo largo de una playa acompañado por Dios.

Durante la caminata muchas escenas de mi vida fueron proyectándose en la pantalla del cielo.

Según iban pasando cada una de esas escenas, notaba que unas huellas se formaban en la arena.

A veces aparecían dos pares de huellas, otras solamente aparecía un par de ellas.

Esto me preocupó grandemente, porque pude notar que durante las escenas que reflejaban etapas tristes en mi vida, cuando me hallaba sufriendo de angustias, penas o derrotas, solamente podía ver un par de huellas en la arena.

Entonces le dije a Dios: «Señor, tú me prometiste que, si te seguía, tú caminarías siempre a mi lado. Sin embargo, he notado que durante los momentos más difíciles de mi vida sólo había un par de huellas en la arena: ¿Por qué cuando más te necesitaba no estuviste caminando a mi lado?»

 El Señor me respondió: «Las veces que has visto sólo un par de huellas en la arena, hijo mío... ha sido cuando te he llevado en mis brazos».

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¡Dios existe!

Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y recortarse la barba. Como es costumbre en estos casos, entabló una amena conversación con la persona que le atendía.

Hablaban de muchas cosas y tocaron muchos temas. De pronto tocaron el tema de Dios, y el barbero dijo:

Fíjese, caballero, que yo no creo que Dios exista, como usted dice.

Pero, ¿por qué dice usted eso? ¾preguntó el cliente.

Pues es muy fácil, basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe; o dígame: ¿acaso, si Dios existiera, habría tantos enfermos, tanta gente hambrienta, tantas personas que sufren? Si Dios existiera no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad; yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas.

 El cliente se quedó pensando un momento, pero no quiso responder para evitar una discusión. El barbero terminó su trabajo y el cliente salió del negocio. Justo al salir, vio en la calle a un hombre con la barba y el cabello largo; al parecer, hacía mucho tiempo que no se lo cortaba y se veía muy desarreglado.

 Entonces entró de nuevo a la barbería y le dijo al barbero.

¿Sabe una cosa?: los barberos no existen.

¿Cómo que no existen? ¾preguntó el barbero¾: aquí estoy yo, y soy barbero.

¡No! dijo el cliente no existen porque, si existieran, no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre que va por la calle.

¡Ah!, los barberos sí existen, lo que pasa es que esas personas no vienen hacia mí.

 ¡Exacto! dijo el cliente ese es el punto: Dios SÍ existe; lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le buscan. Por eso hay tanto dolor y miseria.

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Querido bambú

        Había una vez un maravilloso jardín, situado en el centro de un campo. El dueño acostumbraba pasear por él al sol de mediodía. Un esbelto bambú era el más bello y estimado de todos los árboles de su jardín. Este bambú crecía y se hacía cada vez más hermoso. Él sabía que su Señor lo amaba y que él era su alegría.

Un día, su dueño, pensativo, se aproximó a él y, con sentimiento de profunda veneración, el bambú inclinó su imponente cabeza. El Señor le dijo:

«Querido bambú, Yo necesito de ti».

El bambú respondió:

«Señor, estoy dispuesto; haz de mí lo que quieras».

El bambú estaba feliz. Parecía haber llegado la gran hora de su vida: su dueño necesitaba de él,  y podría servirle. Con su voz grave, el Señor le dijo:

«Bambú, sólo podré usarte podándote».

«¿Podar? ¿Podarme a mí, Señor?... ¡Por favor, no hagas eso! Deja mi bella figura: tú ves cómo todos me admiran». 

«Mi amado bambú» ―la voz del Señor se volvió mas grave todavía―, «no importa que te admiren o no te admiren... si yo no te podara, no podría usarte».

En el jardín, todo quedó en silencio, y hasta el viento contuvo la respiración. Finalmente, el bello bambú se inclinó y susurró:

«Señor, si no me puedes usar sin podar, entonces haz conmigo lo que quieras».

«Mi querido bambú, también debo cortar tus hojas...»

 El sol se escondió detrás de las nubes... unas mariposas volaron asustadas... El bambú, temblando y a media voz dijo:

«Señor, córtalas...»

«Todavía no es suficiente, mi querido bambú» ―dijo el Señor nuevamente―: «debo además cortarte por el medio y sacarte el corazón. Si no hago esto, no podré usarte».

«Por favor, Señor» ―dijo el bambú― «Si haces eso... ¿Cómo podré vivir sin corazón?»

«Debo sacarte el corazón; de lo contrario, no podré usarte» ―insistió el dueño.

Hubo un profundo silencio... algunos sollozos y lágrimas cayeron. Después, el bambú se inclinó hasta el suelo y dijo:

«Señor:  poda, corta, parte, divide, saca mi corazón... tómame por entero».

El Señor deshojó, el Señor arrancó, el Señor partió, el Señor sacó el corazón.

Después, llevó al bambú y lo puso en medio de un árido campo y cerca de una fuente donde brotaba agua fresca. Ahí el Señor acostó cuidadosamente en el suelo a su querido bambú; ató una de las extremidades de su tallo a la fuente y la otra la orientó hacia el campo. La fuente cantó dando la bienvenida al bambú. Las aguas cristalinas se precipitaron alegres a través del cuerpo despedazado del bambú... corrieron sobre los campos resecos que tanto habían suplicado por ellas. Ahí se sembró trigo, maíz y soja, y se cultivó una huerta. Los días pasaron y los sembrados brotaron, crecieron y todo se volvió verde... y vino el tiempo de la cosecha. Así, el tan maravilloso bambú de antes, en su despojo, en su aniquilamiento y en su humildad, se transformó en una gran bendición para toda aquella región.

Cuando él era grande y bello, crecía solamente para sí y se alegraba con su propia imagen y belleza. En su despojo, en su aniquilamiento, en su entrega, se volvió un canal del cual el Señor se sirvió  para hacer fecundas sus tierras. Y muchos, muchos hombres y mujeres encontraron la vida y vivieron de este tallo de bambú podado, cortado, arrancado y partido.

 

 *****

Una clase de cocina

Hacía rato que José se paseaba de un lado al otro de la casa sin dejar de mirar el reloj. Eran las 12 de la noche, su hija aún no había regresado y su angustia aumentaba por momentos.

De repente, se abrió la puerta y apareció ella, con sus ojos anegados en lágrimas. José la miró y, adelantándose hacia ella, la apretó fuerte y amorosamente contra su pecho, sin decirle nada. Las preguntas vendrían después, él  sabía que cualquier cosa que pudiera decir en aquel momento podría ser contraproducente…

Pero no hizo falta, la joven empezó a hablar con su padre, quejándose entre sollozo y sollozo acerca de su vida y de los obstáculos que incomprensiblemente le surgían al paso y de lo difícil que era para ella alcanzar las metas que se fijaba, por más que se había preparado: finalmente, habían desechado su solicitud para aquel puesto de trabajo…

José  la escuchaba atentamente y la dejaba hablar, reteniendo en su memoria todo cuanto ella decía, para ayudarla en el momento oportuno, que él sabía que no era aquél; volcando en ella, eso sí, toda su ternura, porque sabía de la importancia que supone el poder desahogar el corazón de todo cuanto le oprime para poder empezar a buscar soluciones…

Eran cerca de la una de la madrugada cuando se retiraron cada uno a su dormitorio.
Pero pasaban las horas y José seguía sin poder conciliar el sueño, porque en su pensamiento se repetía una y otra vez una de las frases que había dicho su hija:  «Ya no sé que hacer papá, en ocasiones me siento que voy a desfallecer, me siento con deseos de renunciar a todo, a veces incluso hasta a la propia vida. Me siento cansada de luchar. Cuando un problema se resuelve, otro nuevo surge...»

Hasta que, finalmente, vio cómo podía ayudar a su hija, pero de una manera práctica, y la solución se la ofrecía su mismo trabajo.

José tenía un pequeño restaurante en el cual hacía de cocinero. Así es que, mientras desayunaban, le dijo a su hija: 

—Hoy me acompañarás y me ayudarás en la cocina.

Al llegar al restaurante ambos se pusieron dos delantales, y el padre llenó tres cazuelas pequeñas con agua y las puso a calentar al fuego, mientras le decía a su hija que no se moviese de su lado y estuviese atenta. Cuando el agua comenzó a hervir, el hombre colocó dentro de la primera zanahorias, dentro de la segunda huevos y, dentro de la tercera, granos de café. Los ingredientes quedaron así cocinándose por varios minutos, mientras que la impaciente hija se preguntaba cuál era el significado de todo aquello…

Al cabo de veinte minutos el padre apagó los hornillos. Sacó una zanahoria de la cazuela y la colocó en un bol; hizo lo mismo con un huevo y, finalmente, tomó una tacita y la llenó de café.

Dirigiéndose a su hija, le preguntó: 

—¿Hija, que ves?

—Veo una zanahoria, un huevo y café.  —le respondió ella, asombradísima ante aquella pregunta.

Entonces José le pidió a su hija que alargara la mano y tocara la zanahoria. Al hacerlo notó que la zanahoria estaba blanda y suave. A continuación le pidió que tomara el huevo y lo rompiera. Al quitarle la cáscara al huevo encontró que el interior del mismo se había endurecido. Y, por último, le pidió que probara el café. Y ella así lo hizo, deleitándose con su exquisito sabor y su rico aroma.

Entonces la hija, volviéndose hacia su padre, le preguntó: 

—¿Qué me quieres decir con todo esto, papá?

—Verás hija: cada uno de estos ingredientes se ha enfrentado a la misma adversidad, al agua caliente; sin embargo, cada uno de ellos ha reaccionado de manera distinta. La zanahoria ha ido al agua dura y fuerte, pero después de unos minutos se ha puesto blanda y débil. El huevo ha ido al agua con fragilidad; su líquido interior estaba protegido por una débil cáscara pero, después de haber experimentado el agua caliente, su interior se ha endurecido. Sin embargo, los granos de café han sido distintos: después de estar en el agua caliente, los granos han transformado el agua en café.

»Dime: ¿cuál de ellos eres tú hija mía? ¿Eres la zanahoria que por fuera aparenta dureza y fortaleza, pero que con el fuego de la prueba se ablanda y pierde su fortaleza de carácter?

»¿O tal vez eres el huevo, que al comienzo es suave en su interior, pero el fuego de un fracaso, de una separación, una enfermedad, una muerte, lo endurece y, aunque por fuera parezca el mismo, por dentro se has endurecido y ahora tiene un corazón amargado?

»¿O eres como los granos de café? No sé si sabes que, para que el grano de café suelte todo su sabor, el agua tiene que calentarse a 100 grados centígrados; o sea, que mientras más caliente, más sabor le da al agua, hasta transformarla en café, en un delicioso y aromático café. Si tú eres como el grano de café y en esos momentos dejas que Jesús entre a formar parte de tu prueba, de tu sufrimiento, de tu adversidad, si te confías a Él, y te abandonas en su Amor, el amor de Jesús te transformará en Él y tu sufrimiento se acabará transformando en una ofrenda agradable al Padre, y acabarás haciendo de esa prueba, de esa adversidad, una alabanza, un himno de acción de gracias al Señor, pues todo cuanto Él permite que nos suceda es para nuestro bien, y desprenderás allí donde estés ese delicioso aroma de Jesús.

 

¿Cuál eres tú cuando la adversidad, cuando la prueba golpea a tu puerta?, ¿cómo respondes?: ¿como las zanahorias, como los huevos, o como el café?

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Los ingredientes del bizcocho

 

Un niño le contaba a su abuelita que todo iba mal: tenía problemas en la escuela, no se llevaba bien con la familia, y con frecuencia tenía enfermedades. Entretanto, su abuela confeccionaba un bizcocho. 

Después de escucharlo, la abuelita le dice: 

—¿Quieres una merienda? 

A lo cual el niño le contesta: 

—¡Claro que sí!. 

— Toma, aquí tienes un poco de aceite de cocinar.  

— ¡Puaf! —dice el niño, con un gesto de asco. 

— Entonces, ¿qué te parecen un par de huevos crudos?

— Arrr, ¡abuela! ¡No me gustan los huevos crudos!

— Entonces, ¿prefieres un poco de harina de trigo, o tal vez un poco de levadura? 

— Abuela, ¿te has vuelto loca?, ¡todo eso sabe horrible!  

Con una mirada bondadosa, la abuela le responde: 

—Sí, todas esas cosas saben horrible, cada una aparte de las otras. Pero si las pones juntas en la forma adecuada, haces un delicioso bizcocho. Dios trabaja de la misma forma. Muchas veces nos preguntamos por qué nos permite andar caminos y afrontar situaciones tan difíciles. ¡Pero cuando Dios pone esas cosas en su orden divino, todo obra para bien! Solamente tenemos que confiar en Él y, a la larga— veremos que Dios hace algo maravilloso. 

 

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El muñeco de sal

Érase una vez un muñeco de sal. Había andado mucho por tierras cálidas y áridos desiertos. Un día llegó a la orilla del mar. Nunca había visto el mar, por eso no acertaba a comprenderlo.

—¿Quién eres? —preguntó el muñeco.

—Yo soy el mar.

—Pero... ¿qué es el mar? —volvió a preguntar el muñeco.

—Yo —respondió el mar.

—No lo entiendo —musitó tristemente el muñeco. Luego añadió—: me gustaría mucho comprenderte. ¿Qué tengo que hacer?

—Es muy sencillo: tócame. —Le contestó el mar.

Tímidamente, el muñeco tocó el mar con la punta de los dedos de  los pies. Comenzó a comprender el misterio del mar.... Pero se asustó, al comprobar que las puntas de sus pies habían desaparecido.

—Mar, ¿qué me hiciste? —preguntó llorando.

—Me has dado algo para poder comprenderme —contestó el mar.

El muñeco de sal se quedó largo tiempo pensativo... Luego comenzó a deslizarse lenta y suavemente en el mar, como quien fuera a realizar el acto más importante de su vida de peregrino. A medida que entraba en el agua, se iba deshaciendo y diluyendo, poco a poco... a la vez que seguía preguntándose:

—¿Qué es el mar?... ¿Qué es el mar?...

Hasta que una ola lo absorbió por entero. En ese momento final, el muñeco de sal hizo suya la respuesta del mar:

—Soy yo: yo soy el mar.

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El bordado de Dios

 

Cuando yo era pequeño, mi madre solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de ella y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba bordando.

Como yo era pequeño, observaba el trabajo de mi madre desde abajo, por eso siempre me quejaba diciéndole que sólo veía hilos feos. Le preguntaba por qué ella usaba algunos hilos de colores oscuros y porqué me parecían tan desordenados desde donde yo estaba.  Ella me sonreía, miraba hacia abajo y me decía: «Hijo, ve afuera a jugar un rato, y cuando haya terminado mi bordado te pondré sobre mi regazo para que lo veas desde arriba». 

Así lo hice. Al cabo de un rato, escuché la voz de mi madre llamándome. Cuando me senté en su regazo, me sorprendió y emocionó ver hermosas flores y bellos atardeceres en el bordado. No podía creerlo, pues antes desde abajo sólo veía hilos enredados. Entonces mi madre me decía: «Hijo mío, desde abajo se veía confuso y desordenado, pero no te dabas cuenta de que había un plan arriba.  Yo tenía un hermoso diseño. Ahora míralo desde mi posición, qué bello es».

 

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El Rey del Himalaya

Un día, un gran Rey que tenía sus tierras al sur del Himalaya fue visitado por un embajador de Persia que le obsequió con una hermosa espada labrada a mano. Mientras admiraba todo el trabajo hecho en el sable, el Rey se cortó accidentalmente el extremo de su dedo pequeño. Como el Rey estaba sufriendo esta pérdida, su ministro dio un paso hacia el trono y le dijo:

Vuestra Alteza Real no debe lamentarse por la pérdida de la punta de su dedo, pues siempre todo está dispuesto por Dios.

Al escuchar estas palabras de su ministro, el Rey se sintió muy enfadado, y dijo:

No puedes apreciar la pérdida de mi dedo porque es mi dedo el que se ha perdido, y no el tuyo. Mejor sería que retiraras lo que has dicho, no sea que pierdas algo más que la punta de un dedo.

Su Majestad, le hablo con la verdad de mi corazón le contestó el ministro, y en consecuencia no puedo retirar lo que he dicho, pues ciertamente todo está dispuesto por Dios, aunque  su Majestad puede actuar como le dicte su conciencia.

El Rey, fuera de sí, lleno de ira por semejante irreverencia, llamó a sus soldados para que le detuvieran y le encarcelaran.

Poco después llegó el día de la caza, momento en el que habitualmente el Rey era acompañado por su ministro. Como éste estaba en prisión, el Rey marchó solo. Sucedió que, una vez adentrado en las selvas, el Rey fue atacado y capturado por una banda de caníbales salvajes. Luchando por su vida, el Rey fue arrastrado hasta el lugar donde se hacían los preparativos y rituales para los sacrificios humanos. Fue desnudado y bañado en aceites sagrados, y después fue conducido al altar de los sacrificios. Momentos antes de ser inmolado, el alto sacerdote advirtió que le faltaba la punta de un dedo.

Este hombre no es apto para ser sacrificado dijo el sacerdote, le falta la punta de su dedo y por tanto no es completo, así que es inaceptable.

De esta forma fue llevado a lo profundo del bosque, y se le dejó marchar.

El Rey recordó emocionado las palabras de su ministro y, cuando llegó al palacio, fue directamente a los calabozos a liberar a su ministro.

Tú dijiste la verdad dijo el Rey: si no hubiera tenido cortada la punta de mi dedo hubiera sido sacrificado y devorado por esos caníbales. Seguramente Dios dispuso salvar mi vida. Pero hay algo que no entiendo... ¿por qué Dios dispuso que te pusiera en prisión de manera injusta? ¿También esto venía de Dios?

contestó el ministro: si no me hubieras puesto en prisión yo te hubiera acompañado en la cacería, como siempre hacíamos, y me habrían capturado contigo. Puesto que mi cuerpo está completo y sano, yo hubiera sido sacrificado en tu lugar, ya que a ti se te consideró no apto.

 

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El naúfrago

 

El único superviviente de un naufragio llegó a una isla deshabitada. Pidió fervientemente a Dios ser rescatado, y cada día divisaba el horizonte en busca de una ayuda que no llegaba. Cansado, optó por construirse una cabaña de madera para protegerse de los elementos y guardar sus pocas pertenencias.

Un día, tras merodear por la isla en busca de alimento, cuando regresó a la cabaña la encontró envuelta en llamas, con una gran columna de humo levantándose hacia el cielo. Lo peor había ocurrido: lo había perdido todo y se encontraba en un estado de desesperación y rabia.

¡Oh Dios!, ¿cómo puedes hacerme esto? se lamentaba.

Sin embargo, al amanecer del día siguiente se despertó con el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a salvarlo.

¿Cómo supieron que estaba aquí? preguntó a sus salvadores.

Vimos su señal de humo contestaron ellos.

Es muy fácil descorazonarse cuando las cosas marchan mal, recuerda que cuando tu cabaña se vuelva humo, puede ser la señal de que la ayuda está en camino.

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Aguanta un poco más

 

Se cuenta que en Inglaterra había una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Un día, al entrar en una de ellas se quedaron prendados de una hermosa tacita. «¿Me permite ver esa taza?», preguntó la señora, «¡nunca he visto nada tan fino!»

En las manos de la señora, la taza comenzó a contar su historia: «Debe saber que yo no siempre he sido la taza que usted está sosteniendo. Hace mucho tiempo yo era sólo un poco de barro. Pero un artesano me tomó entre sus manos y me fue dando forma. Llegó el momento en que me desesperé y le grité: “¡Por favor... déjeme ya en paz...!” Pero mi amo sólo me sonrió y me dijo: “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

»Después me puso en un horno.  ¡Nunca había sentido tanto calor!.... toqué a la puerta del horno y a través de la ventanilla pude leer los labios de mi amo que me decían: “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

»Cuando al fin abrió la puerta, mi artesano me puso en un estante.  Pero, apenas me había refrescado, me comenzó a raspar y a lijar. No sé cómo no acabó conmigo. Me daba vueltas, me miraba de arriba abajo... Por último, me aplicó meticulosamente varias pinturas... Sentía que me ahogaba. “Por favor, déjeme en paz”, le gritaba a mi artesano; pero él sólo me decía: “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

»Al fin, cuando pensé que había terminado aquello, me metió en otro horno, mucho más caliente que el primero.  Ahora sí pensé que terminaba con mi vida. Le rogué y le imploré a mi artesano que me respetara, que me sacara, que si se había vuelto loco.  Grité, lloré... pero mi artesano sólo me decía: “Aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

»Me pregunté entonces si había esperanza... si lograría sobrevivir aquellos malos tratos y abandonos. Pero por alguna razón aguanté todo aquello. Fue entonces cuando se abrió la puerta y mi artesano me tomó cariñosamente y me llevó a un lugar muy diferente. Era precioso.  Allí todas las tazas eran maravillosas, verdaderas obras de arte, resplandecían como sólo ocurre en los sueños. No pasó mucho tiempo cuando descubrí que estaba en una tienda elegante y ante mí había un espejo. Una de esas maravillas era yo.  ¡No  podía creerlo! ¡Esa no podía ser yo! 

»Mi artesano entonces me dijo: “Yo sé que sufriste al ser moldeada por mis manos, pero mira tu hermosa figura; sé que pasaste terribles calores, pero ahora observa tu sólida consistencia; sé que sufriste con las raspadas y pulidas, pero mira ahora la finura de tu presencia...  y la pintura te provocaba náusea, pero contempla ahora tu hermosura...¿Preferirías ahora que te hubiera dejado como estabas? ¡Ahora eres una obra terminada! ¡lo que imaginé cuando te comencé a formar!”».

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Los tres árboles

Érase una vez 3 árboles pequeños en la cumbre de una montaña que soñaban sobre lo que querían llegar a ser cuando fueran grandes. El primer arbolito miro hacia las estrellas y dijo:

—Yo seré el baúl más hermoso del mundo, para poder guardar tesoros. Quiero estar repleto de oro y estar lleno de piedras preciosas.

El segundo arbolito miró un pequeño arroyo dirigiéndose al océano y dijo:

—Yo quiero viajar a través de aguas temibles y llevar reyes poderosos sobre mí. Yo seré el barco mas importante del mundo.

El tercer arbolito miró hacia el valle que estaba abajo de la montaña y vio a hombres y mujeres trabajando.

—Yo no quiero irme de la cima de la montaña nunca. Quiero crecer tan alto que cuando la gente del pueblo me mire levanten su mirada al cielo y piensen en Dios. Yo seré el árbol mas alto del mundo.

Los años pasaron. Llovió, brilló el sol y los pequeños árboles crecieron mucho.

Un día, tres leñadores subieron a la cumbre de la montaña y derribaron los tres árboles.

El primer árbol se emocionó cuando el leñador lo llevó a una carpintería, pero el carpintero lo convirtió en una caja de alimento para animales de granja. Aquel árbol hermoso no fue cubierto con oro, ni llenado de tesoros, sino que fue cubierto con polvo de la cortadora y llenado con alimento para animales de granja.

El segundo árbol sonrió cuando el leñador lo llevó cerca de un embarcadero, pero ningún barco imponente fue construido ese día. En lugar de eso aquel árbol fuerte fue cortado y convertido en un simple bote de pesca. Era demasiado chico y débil para navegar en el océano, ni siquiera en un río, y fue llevado a un pequeño lago.

Pero, una noche, una luz de estrella dorada alumbró al primer árbol cuando una joven mujer puso a su hijo recién nacido en el pesebre que habían construido con él.

—Este pesebre es hermoso para nuestro hijo —dijo la mujer a su esposo, mientras la luz de la estrella alumbraba a la madera suave y fuerte de la cuna. Y, de repente, el primer árbol supo que contenía el tesoro mas grande del mundo.

Una tarde, un viajero cansado y sus amigos subieron a un viejo bote de pesca. El viajero se quedó dormido mientras el segundo árbol navegaba tranquilamente hacia adentro del lago. De repente, una impresionante y aterradora tormenta llegó al lago. El pequeño árbol se llenó de temor, porque sabía que no tenía la fuerza suficiente para llevar a todos esos pasajeros a la orilla a salvo con ese viento y esa lluvia.

El hombre cansado se levantó, y alzando su mano dijo: «Calma». La tormenta se detuvo tan rápido como comenzó. Y, de repente, el segundo árbol supo que en él estaba navegando el Rey del cielo y de la tierra.

Algún tiempo después, un viernes por la mañana el tercer árbol se extrañó cuando sus tablas fueron tomadas de un almacén de madera olvidado. Se asustó al ser llevado a través de una impresionante multitud de personas enfadadas. Se llenó de temor cuando unos soldados clavaron las manos de un hombre en su madera. Se sintió feo, áspero y cruel.

Pero un domingo por la mañana, cuando el sol brilló y la tierra tembló con júbilo debajo de su madera, el tercer árbol supo que el amor de Dios había cambiado todo. Esto hizo que el árbol se sintiera fuerte, pues cada vez que la gente pensara en el tercer árbol, ellos pensarían en Dios. Eso era mucho mejor que ser el árbol mas alto del mundo.

 

La próxima vez que te sientas deprimido porque no sucedió lo que tu querías, solo siéntete firme, y se feliz porque Dios esta pensando en algo mejor para darte!

 

 

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